17 sept. 2009

LÍA

Ya alcanzo a ver la tranquera de la casa de Yamil. Sé que desde ahí, faltan algo así como cuatro leguas. Así lo indicaba el mapita que en una hoja de cuaderno cuadriculado había trazado Eduardo el día que se fue, allá por noviembre. Para cuando yo quisiera ir.

No sé si ustedes han caminado alguna vez por calles de tierra finita, de un marrón clarito como el del café con mucha leche, de la que se levanta con la brisa, y en la que de tan finita cuando está seca, nada deja huella. Esas calles donde un pueblo deviene de a poco en caserío y lento se dibujan mansos los colores del campo sin que pase un alma, y el único sonido que se escucha es el griterío de las cotorras, de quienes se afirma anuncian lluvia, pero nunca cuándo, entonces, hay poca chance de que esa afirmación resulte un error. En algún momento lloverá.

Yo hubiera querido ir con él. Pero, hay que atreverse a amar, cuando una no se atreve. Se fue triste, por mi falta de coraje. Y me quedé enojada por su falta de comprensión, que yo, comprendía perfectamente. Siempre lo entendí. Desde el tiempo de su flequillo y mis trenzas, hace ya más de veinte años. Me había dicho que la casa, nuestra casa, tendría una verja con rosales y crataegus, rosas por su madre y crataegus por mí. Que sería de paredes blancas y techo de tejas, que habría un ombú, y en la tranquera adosaría una madera con forma de luna, y escribiría mi nombre de tres letras con signos formados por estrellitas. Por todo eso sabía que reconocería la casa, aunque me faltaba un trecho para llegar.

No sé si a ustedes les gusta el olor de los eucaliptus, si se han detenido a observar algún día de calor abrasador cuando se viene la tormenta, cómo cambian los colores de las hojas, de los troncos y las ramas. Cómo juegan los cardos en las zanjas, con la brisa que acaricia el pasto cuando es brisa, pero devenida en viento, castiga el silencio con ese ulular sin destino que levanta la tierra y comienza a correr informe desquitándose de tantos días de quietud hasta que miles de gotitas alteran otra vez los colores y huele de pronto a campo mojado. Y el gris se vuelve celeste, y brilla la opacidad, y la tierra es barro. Dejando huella.

Y la casa es blanca. Y el techo de tejas. Y hay un ombú. Y una verja con rosas y crataegus. Y la tranquera es pulcra, como él. De buena madera, como él. Recién pintadas las cinco trancas. Y un pedazo de madera con forma de luna, y un nombre de mujer. Mabel. Ha de ser también de buena madera.

Fin

28 may. 2009

AURAS

Me dijo que andando por Granada por esos pueblitos blancos pegados en las laderas de las montañas y recorriendo esas callejuelas estrechas y empinadas de piedra, recordó aquel 16 de mayo.
Hacía tanto que no lo recordaba. Cómo nos habíamos amado. Ya no. Pero aún me encantaba escucharlo.
Aquel día se habían levantado los grises del cielo en toda su intensidad, como un río, impredecible. Habían caído ciclópeas gotas insinuantes intentando calmar la sed de esa tierra lejana colmada de naranjos pequeños y frutos y cuando comenzaba a impregnarse la tarde de azahar el arco iris nos invitó a trepar por la ladera.
El valle al este, las ideas, el agua escapando por los pastizales, el globo quieto esperando en la cima nuestra recalada, las lilas entre las piedras, el mirador al norte, y los murmullos lejanos de la selva acercándose, coronaban el crepúsculo todo.
Nuestras almas inquietas de entonces, acaso por amor, pasión, deseo, persuadían a nuestros cuerpos de emprender ese viaje. Ansiado y mágico. Temido pero inevitable. Provocativo. Irrenunciable. Azul.
Sentíamos que arriesgábamos la vida pero juntos, nos atrevimos. Nos habíamos decidido el día que vimos el arco iris de fuego. La ansiedad del globo en la cima convocándonos y nuestro paso medido en el ascenso conjugaban perfectos. Faltaba muy poco y centímetro a centímetro continuábamos conquistando las piedras en esa base resbaladiza y atrevidamente gris. Miramos hacia abajo el abismo. Inmóviles quedamos. Nos acercamos y el globo mutando de color nos abrió las puertas al capricho de las nubes y al anhelo de los vientos.
Acaso intentábamos remontar un destino sin hilos intuyendo que con él palparíamos el arco iris lunar tan soñado. Y, etéreo esa noche ocurriría. Como una pincelada de brumas y una caricia del alma.
Adela Inés Alonso

ISHTAR

Después de la última sonrisa, fugitiva, del capricho de la sepultura y del luto, de las sombras con ecos retumbando entre escarchas del bosque de sangre entibiando las piedras, me quedé sin habla.
Sin habla, ni risa. Sin tacto ni vista. Sí podía escuchar hasta la brisa. Y oler el tabaco el chocolate y el café humeante sin saber de dónde provenían. La voz de Sarkis interrumpió la noche, segura como una lejanía inasible que incierta me abrazaba.
Al globo que me proponía para la aventura lo llamaba Ishtar.Ni un instante lo dudé. Me fui con Sarkis, en Ishtar. Aseguraba él que volando recobraría mis sentidos. Que sabría de mí. De mi última encarnación. De quién había sido.Fue así que supe que en aquellos tiempos de mil setecientos y pico yo, había sido Varius, acróbata. Que hubiera sido un hombre en una vida anterior sacudió toda mi feminidad presente. Y que de Ishtar brotara una voz preguntándome si quería posarme en esa época y revivir lo pasado me asombró de tal modo que recuperé el habla. - Quiero ser yo. Simplemente yo, en presente Ishtar, aunque me encantaría saber cómo era mi vida. A quiénes amé. Si hubo alguien que me amó. Quién fue. Si tuve hijos. Quiénes fueron mis padres. Dónde están ellos todos. Cómo encontrarlos.
- Para eso, tienes que volver al pasado, si quieres. Yo no puedo decirte. Tampoco puedo garantizarte que querrás volver o que yo pueda retornarte. O acaso prefieras saber de tu futuro. Y posarte en él. El presente no existe. Tendrás que decidir.
Y vi. Cómo cambiaba el paisaje vi. El mar sin razones, ahí estaba marcando sus propias reglas azulinas agitando la luz de Venus. El sonido del viento había remitido y flotábamos sin avanzar. Detenidos en una inmensidad indescriptible hasta que yo decidiera.
Ahí la sepultura y su cuerpo en trémula quietud, los sueños. El delta. Las flores de lavanda y la personalidad amable del naranjo. La brújula sin él. Los almendros en flor. El caminito subiendo a las sierras, las escarchas, el bosque y los pedacitos de hielo. El calor del fuego en invierno, su pipa y su mirada celeste. El Tirreno sin mí. El Egeo sin él. El refugio que no era.
Ahora, el tiempo detenido entre sofismas de la vida huele a sueños y no puedo decidir. He perdido el habla colmada de recuerdos hundidos en el mar. Vacía del pasado con olas inciertas que eternas y aliladas arrastran la arena y níveas se van.
Adela Inés Alonso

5 ene. 2009

SIN BRAZOS

Me llaman Emilia y a veces, los días como hoy, camino por el Campo de Marte. Fui educada para la conversación, el placer y la ternura, en este extraño mundo. Que violenta.
Mi más querido senador, quien más horas conmigo pasa, ridiculiza al amor y repite que disminuye en el hombre la facultad de discernir. Mientras contemplo el Reloj solar de Augusto, y la sombra que proyecta que luego ha de cambiar como todo menos yo, me siento como una residencia milenaria, sin nada dentro y aguardando. Y repaso mis sueños. Quise tanto y a tantos, lo vivido, sin mentiras y con miedos, compartiendo ese registro, donde hoy somos treinta y dos mil, que me expone y me exhibe, sin verdades ocultas y me pregunto por qué he de seguir siendo. Y quién.
Me vence este calor de Roma que agobia subversivo y tanta hipocresía envolviendo mis tardes y mis noches como un río de ternura sin ternura, sin su mirada, sin cauce, sin hacia dónde, un río sin un por qué. Tan diferente al Tíber que nace alto y corre sin cesar para encontrar esos dos brazos que lo guían tibio, a esa quieta profundidad tirrena. Y azul.

Adela Inés Alonso

29 dic. 2008

SULA- LA CRUZ DEL SUR.

El hijo menor de Sir Robert Jones mira las aguas del río con el pequeño Sujit . Quién sabe porqué ha nacido esa amistad contemplativa que a diario crece mientras caminan bajo la indiferencia de un sol que hiere, sin brisa y en medio de una confusa multitud que apaga sin darse cuenta la tarde. Y deviene la noche. Sin viento que mueva el cielo. Quizá sea por eso que el olor resulte tan penetrante. Intenso a carne asada al que el pequeño Bob aún no se acostumbra. Y las llamaradas contrastando con la luna llena y el mutismo sepulcral, después de tanto tumulto diurno. Se han sentado en los ghats para intentar contar las estrellas y denso, emerge como viniendo del río un susurro difuso y se esfuma. Sujit señala las primeras estrellas con su brazo derecho y agita la mano mirando hacia el cielo. Hacia el sur. Emerge otra vez quién sabe de dónde un susurro impreciso y miran al río y no hay nada. El turno de Bob a la izquierda y el índice al norte y cuentan. Y ríen. Y Bob y Sujit agitan los brazos.
No han visto a las cobras en yunta.
Fin
Adela Inés Alonso

http://www.youtube.com/watch?v=f9CILV-QAg0&feature=related

22 dic. 2008

IMAGEN VIRTUAL

Perturba la forma del cuadro y la letra del texto confunde la imagen. La firma olvidada evoca sus trazos seguros que asombran. Las líneas, las curvas, los puntos. Sus manos ajadas revelan la siembra inmutable. Estéril. Estoica la pluma, tan seca y deforme, agranda las manchas de tinta caídas al piso impecable. Lustrado, pulido.Misterio y quietud de matices que huelen a invierno alteran la luz de la tarde. La tarde de octubre que cae en suspenso y quiebra los ecos de esta melodía. Que trepa y aturde, florece y marchita, conmueve y aplaca. La ropa tendida en la silla ostenta su ausencia presente, su ausencia que amplía en colores los rayos visibles del sol apagado, la luna sin rostro que mira y sonríe y estrellas opacas brillando hacia el sur. Su ausencia que sabe a un oculto pastel de cerezas, ansiado y distante, sin plato, sin mesa, sin velas.
La carta de Andrea, sin luz. Su letra, la forma, sus trazos enormes seguros gigantes, el cuerpo palpable de Esteban deforme con grietas fisuras, su ropa tendida, la almohada sin funda y la duda tan cierta, asombran. Tan blanca la noche, tan claro el ocaso, tan fértil la vida.

Adela Inés Alonso

17 dic. 2008

BECQUERÍA

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña jamás olvidada,
silenciosas las casas del sur
las paredes blanqueadas.

Cuántas leyes sacaste muchacha!
Te costó sancionarlas
Se te fueron los pesos del alma
mas pudiste arrancarlas

¡Ay! pensé; ¡cuánta ropa y astucia!
Cuánta puesta en escena
¡Qué argucia!
De derechos humanos y penas
Y La Plata distante, olvidada.

Vos amando los reyes de blanco
las armas, la trata
Y el negro perdura ensuciando.
Un karma, con los lagos del sur
ya blanqueados,
trepando las piedras
Te esperan.
Salud!

Adela Inés Alonso